Sacralizar el mundo es posible

(Texto y vídeo de Bilal Dídac P. Lagarriga, Mbacke, Senegal, febrero 2020)
  
¿Qué nos conmueve? ¿Qué nos empuja a movernos? Cheikh Ibra Fall (1855-1930), erudito y gran conocedor del Corán y de las ciencias religiosas del islam, tenía sed. Sed de maestro, sed de Dios. Un sueño le anunció que el maestro anhelado no era una quimera, ni siquiera andaba lejos, así que salió a buscarlo. Cuando se cumplían veinte días de aquel mes de ramadán de 1883, Ibra Fall dio con Cheikh Ahmadou Bamba Mbacke (1853-1927), por aquel entonces ya un maestro de renombre rodeado de discípulos. Cuenta la tradición que, de su primera mirada, bajo un árbol en la aldea de Mbacké Cayor, brotó una luz que todavía no se ha apagado.

Turbulencias, pruebas, recompensas, sacrificios y bendiciones a cada momento, en una espiral de sensaciones, han fundamentado desde entonces este vínculo maestro-discípulo cimentado en el amor incondicional y la entrega absoluta. De esos dos nombres, nació una comunidad, llamada literalmente la anhelante (muridiya). Y, de ese anhelo, sus frutos.

A pocos kilómetros de Mbacké Cayor, lugar del pacto primordial entre la pareja que cambiaría radicalmente la historia no solo de Senegal, sino de gran parte de África y, también, del islam contemporáneo, se encuentra la ciudad de Touba, foco de la comunidad, “ciudad santa” en su denominación popular. Lugar, además, donde están enterrados tanto Bamba como Ibra Fall, cuyas resonancias perviven y, desde ese centro, las irradian de forma concéntrica mucho más allá de cualquier frontera política.

Hoy, su legado continua despertando admiración, aunque también críticas, las mismas críticas con las que los colonos franceses intentaron desacreditar la iniciativa de Bamba y su comunidad. “Fanáticos” es un adjetivo recurrente en los archivos coloniales. “Fanático” es, todavía, un insulto vigente para desacreditar un modo de vida que desafía los imperativos de un Sistema globalizado y criminal.

Imperturbables, sin embargo, los miembros de esta comunidad anhelante (murid) formada por varios millones de personas, prosiguen con su misión, descrita a menudo como la mística del trabajo, y que no es más que agrupar en una práctica espiritual los beneficios de la práctica material y viceversa. Un servicio a Dios que se vuelve servicio a los demás. Un servicio a los demás que se vuelve servicio a Dios. Actos y palabras sin fisuras, de la mano.

Una de las principales características de los y las murids es su capacidad de autogestión y ayuda mutua. La gran mezquita de Touba, magno esfuerzo colectivo, tanto económico como laboral que costó tres décadas en completarse (de 1932 a 1963), reluce como ejemplo de este empeño colectivo. Pero son muchas más las obras que constantemente desarrolla la comunidad. Una de las últimas ha empezado a finales de enero del 2020 en el lugar donde había el estadio de fútbol de Mbacke, muy cercano al emplazamiento donde nació Cheikh Ahmadou Bamba. La orden recibida fue clara: dignificar el espacio, 4000 metros cuadrados. La comunidad Baye Fall, subgrupo dentro de la muridiya que siguen las enseñanzas de Cheikh Ibra Fall, se encarga de ello, con el derribo del estadio y la construcción de dos daaras -centros pedagógicos- para 192 y 144 alumnos respectivamente, de entre 7 y 17 años, junto a una mezquita.

Desaparece, de este modo, un templo pagano, el estadio de fútbol (lugar de esfuerzos vanos, promesas efímeras y sueños vacíos) y germina un centro de aprendizaje y plegaria. Volver a sacralizar la tierra es algo poco común en este mundo desacralizado y, por ello, deshumanizado.

Hombres y mujeres, familias enteras, grupos de niños, estudiantes, ancianos, dedican de forma voluntaria su tiempo, dinero y esfuerzo físico para esta obra, cuya previsión es que dure algunos meses. Pasar tiempo allí es empaparse de la vibración de un trabajo sin miras a un objetivo egoísta, es nadar en un mar de cánticos y polvo, letanías divinas que toman forma de una pared, una zanja o una canalización. Ajetreo y coordinación que rompen con muchos de los tópicos que aparecen sólo con pronunciar “África”.

El siguiente vídeo, grabado durante varios días de enero y febrero del 2020, quiere ser un testimonio de lo que ocurre allí, más allá de las palabras. Un homenaje a este dinamismo que logra equilibrar individuo y sociedad, interior y exterior, vida mundana y anhelo divino.